Me gustaban aquellos trenes fuertes y serios
de color verde o marrón o gris o negro,
daban idea de tener conciencia;
saber lo que llevaban dentro.
Era su chimenea humeante
y su corazón de fuego,
de un sonido trepidante
que aceleraba el aliento
y aquel pitido que al salir de sus entrañas
llegaba alto, alto, hasta el cielo,
unas veces parecía decir:
ya parto, parto... y otras ya llego.
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